Coppel
Quiero hacer pruebas de mi programa con Firestick, Roku, Google TV y Apple TV. Roku y los demás les platico cuando los instale; por lo pronto, les platico del Firestick. Hay otra historia en Steren con un aparato con nombre raro…
Mi Firestick fue el primer dispositivo para probar, funcionó bien en varias pruebas hasta que dejó de funcionar… Se reiniciaba cada varios minutos, cada vez más seguido y, finalmente, al prender, se reiniciaba. El dinero no está sobrado y Claude calculó que me iba a ahorrar 1200 pesos si cruzaba a Calexico. Claude me dijo que todo estaba en Walmart y me dio precios… Claude no contó con que hubiera alguna competencia entre Walmart y Amazon y no había Firestick.
De regreso voy a Coppel… Error, como se verá. Pregunté por los Firesticks, me dieron los precios y decidí uno de, creo que, 1400 (nunca me acuerdo de los precios después de pagar…). A la hora de pagar me dijeron que 2200; resultó que había una promoción que acabó el día anterior. Creo que la señorita de la caja de junto me dijo que me podían dar 10 % de descuento… Adelante, ahí te voy a probar Amazon TV…
Al conectar, me pidió elegir perfil entre el nombre de otra persona y añadir nuevo. Obviamente, Coppel me había vendido un artículo usado. Claude recomendó regresarlo a Coppel; yo pensé que, aunque fuera usado, lo podíamos usar… Su madre Coppel, pero ya lo tenemos… Pues no; para cada intento me pedía un PIN. Hice todos los trucos para resetearlo completamente y no se pudo.
Ahí te voy a Coppel, donde, para reclamar una garantía, casi me piden muestra de orina. La señorita que me ayudó resultó ser la gerente… Le expliqué, le di factura y aparato. Empezó a teclear en una computadora… Luego se fue, luego regresó y se volvió a ir; yo imagino que para consultar en otra computadora, no creo que para consultar al oráculo. Finalmente, regresó y me dijo que, efectivamente, era un aparato devuelto… Mi felicidad duró muy poco…
No sé qué hizo. Lo que sí me queda claro es que, si hizo algo, hizo muchas cosas: pantallas iban y venían y ella seguía tecleando, pidiéndome información, tecleando, esperando respuestas y… la verdad es que no tengo idea de qué tanto hizo para tramitar una garantía…
Se fue y regresó con una igual a la mía; también trajo otra diferente. Tecleó, volvió a teclear… Llevábamos 42 minutos… Llegué en DiDi, así que sabía la hora. Me mostró la mía y la igual a la mía, y me explicó que estaban cerradas con cinta, que eran devoluciones… No le quise decir que eso a mí me tenía muy sin cuidado, que yo quería una nueva para irme… Resultó al final que la única igual a la mía también era parte del fraude de vender cosas usadas como nuevas y que me podría dar otra nueva; ahí sí pasó la uña por todos lados para demostrar que era nueva. Adelante, le dije… Había diferencia de precio… Adelante, lo que usted quiera… ¡Déjeme ir, por favor!
Empezó a teclear… y teclear… Para entonces ya éramos amigos y le había dicho que en toda mi vida de programador nunca había visto un sistema más absurdo; que si yo le hago un programa así a un cliente, pues no me pagan…
Le digo:
—Y si agarro el aparato y salgo caminando… ¿qué van a hacer? Si viene la policía, le voy a explicar que el fraude fue de ustedes y que quiero pagar por la diferencia y usted no me deja…
Termina de hacer lo que sea que estaba haciendo en la computadora y me dice:
—Se va a molestar. —¿Más? —pregunté yo.
Mi «devolución» me la tenían que pagar en efectivo en otra caja… en otro piso. Aquí ella misma estuvo de acuerdo en que esto era absurdo. La idea es que suba, me den efectivo, regrese y se lo dé a ella. Sencillo.
Arriba hubo algún problema. La nueva señorita vio mi cara de desesperación y me dijo que le había llamado a dos supervisores para ver quién podía venir primero… Venir a qué, se pregunta usted… Pues a autorizar que me dieran mi dinero del aparato que me vendieron fraudulentamente.
Me pidieron mi INE… Debí haberme negado, pero ya me quería ir a mi casa… Le tomaron fotos por los dos lados, me pidió mi teléfono. Respirando muy, pero muy profundo, le dije: «Pues fíjese que no le voy a dar mi teléfono. ¿Me va a dar mi dinero o no?». Volteó a ver a la supervisora, quien, viendo mi cara, le hizo señal de que no había problema.
De regreso al otro piso, y ya un poco más envalentonado, le doy el dinero y me dice: «Ahora falta el pago…». Creo que por mi cara de desesperación se apresuró a decirme que era el dinero de la diferencia de precio del que ya habíamos platicado…
«Ok, seguro», dije yo… Nueva pantalla y me pregunta si soy Manuel Luis. Le digo, sonriente: «No, me llamo Pito Pérez…». Sabiendo que no importa lo que ponga ahí, pues dejo Manul Luis y me dijo con cara de disculpa: «Usted tiene que ir a la otra caja a pagar…».


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